Entrevista con Mumia Abu-Jamal La Lucha en Contra del Imperio

por Rafael Rodriguez Cruz, en la ediccion de Socialist Action, Julio 2006

El 24 de mayo de 2006, tuve la oportunidad de entrevistar en persona al dirigente revolucionario afroamericano Mumia Abu-Jamal, quien permanece encarcelado en el corredor de la muerte de la Green Correctional Institution en Waynesburg, Pa. Abu-Jamal fue fundador del capítulo de Filadelfia de los Black Panthers y es un destacado periodista, autor, y revolucionario estadounidense. Lo que sigue a continuación es parte del diálogo que sostuve con él, en vivo, desde la galera de la muerte.

RAFAEL RODRIGUEZ CRUZ: ¿Cuál fue el origen de la visión internacionalista que se le atribuye al BPP y qué impacto pueden tener las corrientes revolucionarias y progresistas de América Latina en las luchas de las masas oprimidas en Estados Unidos en el 2006?

MUMIA ABU-JAMAL: En mi libro “Queremos ser libres,” explico en detalle que el BPP desarrolló una visión internacionalista porque Huey Newton—cofundador de la organización y Ministro de Defensa—estaba interesado en las luchas de liberación de otros pueblos, fueran en China, Cuba, Congo-Brazzaville, o donde fuera.

Lo que aprendieron los miembros del BPP—un 50% de los cuales, dicho sea de paso, eran mujeres negras pobres del ghetto—fue que la gente tenía que estudiar lo que pasaba en las luchas en otras partes del mundo, tomar lo que era útil y adaptarlo a sus propias luchas en Estados Unidos.

Hay que señalar que lo que vemos ahora, en la mayor parte de los casos, es precisamente lo contrario: personas de la izquierda del llamado Primer Mundo que viajan al Tercer Mundo, presumiblemente a enseñarle a los menos avanzados cómo deben organizarse. Yo llamo a esta tendencia el imperialismo de izquierda porque esas personas—generalmente izquierdistas blancos—fundamentan su pretensión de supremacía no en un trabajo de organización específico sino en el lugar de privilegio personal que tienen en el Imperio, en la nacionalidad estadounidense y en que pertenecen al mundo occidental, o sea, en la blancura de su piel.

Ahora bien, ¿en qué experiencia concreta puede la izquierda estadounidense basar su pretensión o reclamo de supremacía revolucionaria? ¿Qué proyecto pueden mencionar en que hayan sido exitosos y que deba ser imitado en parte alguna del mundo? ¿La terrible situación de encarcelamiento masivo existente hoy en Estados Unidos? ¿El venenoso sistema de educación pública? ¿El medio ambiente a punto de crisis? ¿La creciente división y abismo entre las razas? ¿La administración pasada del presidente Clinton?

Nada es tan efectivo como el éxito. Y la izquierda estadounidense tiene muy poco que mostrar en cuanto a resultados positivos propios—fuera o dentro del país.

Un buen ejemplo del imperialismo de izquierda, puede verse en la facilidad con que los llamados liberales estadounidenses aplaudieron el bombardeo, invasion, y ocupación primero de Afganistán y luego de Irak. Muchos liberales decían que la guerra de Afganistán era una acción militar buena y la de Irak una mala. Como cuestión de hecho, ambas violaban la ley internacional. Pero, aparte de eso, se quería justificar la guerra de Afganistán sobre la base de que el régimen del Talibán “daba refugio a terroristas.”

Y al mismo tiempo que los políticos de este país vociferaban tales acusaciones, los propios Estados Unidos estaban inundados con terroristas, gente que han llevado a cabo guerras sangrientas en contra de sus respectivos pueblos para beneficios de sus patronos estadounidenses. Ahora mismo viven en este país, perfectamente cómodos y con mucha privacidad, individuos que llevaron a cabo masacres sangrientas en contra de los trabajadores y estudiantes de Haití.

En Miami hay terroristas de origen cubano que han puesto bombas en aviones, envenenado cosechas agrícolas, y bombardeado hoteles causando muertes a civiles y, sin embargo, viven abiertamente una vida espléndida y de lujo. Mientras tanto, tienes el encarcelamiento injusto—bochornoso, mejor dicho—de cinco hermanos cubanos, cuyo único delito se reduce a combatir el terrorismo en el propio territorio estadounidense. Eso está pasando hoy, mientras tú y yo hablamos.

Ya perdí la cuenta de cuántos generales, dictadores, criminales y degolladores corridos a patadas de sus países de origen, han encontrado refugio en Estados Unidos. Hablando del tema del terrorismo, muchísimos más terroristas han sido entrenados aquí, en la llamada Escuela de las Américas (hoy operando con otro nombre), que en cualquier campamento polvoriento de Afganistán.

Habría que hacer un inventario de la cantidad de personas que han sido asesinadas, torturadas, ultrajadas y hasta bombardeadas por los discípulos de la Escuela de las Américas, una facultad de técnicas de tortura y golpes de Estado.

El punto, hermano boricua, es que no basta con ser anti-guerra o anti-militarista; hay que ser sobre todo anti-imperialista. Eso es algo que la izquierda imperialista encuentra imposible. Aunque hoy poco conocido, el anti-imperialismo revolucionario fue parte integral del pensamiento y programa de los Black Panthers, una de las razones de su fundación.

RRC: Qué significado tiene para tí, en el año 2006, la revolución cubana?

MAJ: Cuba ocupa un lugar muy especial en mi corazón. No sólo por su gran revolución en contra del gobierno títere de Batista (apoyado por Estados Unidos); sino por su internacionalismo en la práctica, no de meros discursos y resoluciones.

Cuba envió a su propia gente—y a sus tropas—para ayudar a un país hermano, Angola, en su lucha en contra de las brutales y sangrientas incursiones por el régimen de apartheid de África del Sur. En Cuito Canavale, las tropas cubanas detuvieron de plano la avanzada de los surafricanos racistas y les dieron una importante lección sobre lo que significa ser mortal.

Durante la guerra civil en Estados Unidos, las tropas formadas por regimientos de soldados negros—doscientos mil en total, casi todos esclavos recién liberados—mostraron a las partidas confederadas la falsedad de la supremacía y arrogancia blanca. Las tropas cubanas—integradas por mujeres y hombres blancos, negros, y color marrón—dieron a los surafricanos racistas una lección similar.

Así fue que estos últimos aprendieron el valor de una solución negociada y, de repente, el Congreso Nacional Africano (ANC), no les parecía tan malo. África del Sur todavía tiene problemas agobiantes y la situación general está lejos aún de ser igualitaria. Pero el régimen del apartheid era una ofensa grave en contra de cualquier persona negra en cualquier lugar del planeta.

Cuba—pequeña, bloqueada, atacada—hizo una diferencia enorme. Y lo hizo en un momento en que el gobierno de Ronald Reagan defendía una política de acercamiento constructivo (constructive engagement) con los racistas surafricanos. ¡Qué pronto se olvida la gente de las cosas importantes! Sin Cuito Canavale, no habría hoy un África del Sur libre de apartheid.

Me enteré, dicho sea de paso, que Fidel cumple pronto ochenta años—el 13 de agosto, ¿no? Mira, Fidel con su determinación férrea, con su profundo humanismo, se ha convertido en una leyenda primero del siglo XX y, ahora, del siglo XXI. Estoy seguro que mucha gente en todo el mundo—en Venezuela, África del Sur, Estados Unidos, Brasil, y más allá—se unen a mí en desearle a Fidel, a ese gran revolucionario, un feliz cumpleaños. ¡Felicidades Comandante Fidel!

Cuba representa el poder de resistencia y supervivencia en contra de obstáculos y enemigos gigantescos. También representa el poder de los pequeños frente al abuso de los grandes. Es, en las palabras de Assata Shakur, un Palenque como Palmares (en los tiempos de la esclavitud en Brasil). Es un lugar de libertad en medio de la tiranía capitalista.

RRC: Qué piensas de las recientes movilizaciones de trabajadores inmigrantes indocumentados en Estados Unidos? ¿Los consideras aliados potenciales de los demás grupos minoritarios, en particular los negros?

MAJ: Fue un verdadero regocijo ver esas demostraciones tan masivas, tan repletas de espíritu de lucha. Yo pienso que marcan el afloramiento y despertar de un pueblo oprimido, el acto mismo de salir de la oscuridad hacia la luz. Me trae muchos recuerdos a la memoria.

Pienso también que demuestra el peso cada vez mayor del “color marrón” en la población del país. Esto ha activado una reserva de miedo entre los blancos que miran con desprecio a la gente del sur de la frontera, la gente marrón como le llaman. Con el poder que tienen los medios de comunicación para manipular las ideas, no sorprende tampoco el que algunos negros estadounidenses se han hecho eco de la xenofobia de los racistas blancos y han expresado preocupación ante el despertar de esta América color marrón. Lo que esto último me recuerda es nuestra muy poco conocida historia de luchas compartidas.

Durante la tercera década del siglo XIX, por ejemplo, Estados Unidos estaba en guerras con los seminoles porque ellos eran una de las pocas tribus de “indios” que se rehusaron a entregar negros a los esclavistas de Georgia y Carolina del Sur. Los seminoles pelearon al menos dos guerras precisamente sobre este principio. Después de años y años de lucha, los seminoles rojos y negros huyeron de Florida a México, para encontrar un nuevo lugar de vivienda. Guiados por un gran guerrero de nombre Coacoochee (Gato Salvaje), y con la ayuda de un guerrero negro conocido como John Horse, los seminoles llevaron sus hombres, mujeres, y niños al cruce del Río Grande.

México había abolido la esclavitud en 1829. Les ofrecían no sólo tierras, sino también puestos en el ejército mexicano. Miles de hombres, mujeres, y niños negros encontraron la libertad en México mucho antes de que una guerra trajera la libertad legal—aunque falsa, en realidad—a los esclavos en Estados Unidos.

De hecho, México y Cuba tienen algo en común en este sentido. Estados Unidos quería controlar desde bien temprano a ambos países, no para traer la libertad, sino para extender la esclavitud a esos territorios. Eso es un hecho histórico. Pienso que a partir de estas historias entrelazadas pueden construirse alianzas. Lo cierto es que los negros y los rojos ya pelearon juntos en el siglo XIX, no por el imperio, sino por la independencia de México y por la libertad.

Entonces, a mí no me causa problema el que Estados Unidos sea cada vez más color marrón, que haya más hispanos. Yo sé que ese color oscuro de la piel les viene de los aztecas, de los seminoles, de los negros, y de otros pueblos oprimidos y luchadores.

RRC: ¿Cuales son los obstáculos para la construcción de un movimiento multiétnico, multirracial y multicultural en Estados Unidos en el año 2006?

MAJ: Que no hay suficientes oportunidades para trabajar unidos en proyectos importantes, que no hemos aprendido el valor de una experiencia de ese tipo. Nos pasamos peleando por migajas, por sobras.

Por ejemplo, en la radio de la comunidad negra—y en conversaciones con negros—escuchas que la gente nuestra responde a veces a las demostraciones masivas de los trabajadores inmigrantes, diciendo la frase siguiente: “Nos quieren quitar los trabajos.”

Y pregunto yo, que por favor me digan, ¿qué es lo que es tan bueno de la inmensa mayoría de los trabajos que los negros desempeñan en este país? Si, al fin y al cabo, probablemente tenemos la tasa más alta de desempleo, o sea, que de entrada no tenemos trabajos.

En lugar de pelear unos con otros, tenemos que encontrar caminos para trabajar juntos, para profundizar, ampliar, y dar un nuevo y verdadero significado a la democracia. Los obstáculos son pues la falsa conciencia, el malsano sentido de supremacía blanca y las barreras lingüísticas. Pero yo creo que eso se puede superar. Soy del pensar que incluso los blancos pobres terminarán revelándose en contra del imperio. Eventualmente descubrirán que la blancura de la piel no es un escudo que los puede proteger para siempre del sistema.

RRC: ¿Qué importancia tiene la lucha por la independencia de Puerto Rico para los revolucionarios estadounidenses?

MAJ: De nuevo, yo me acerco a este tema desde la perspectiva de alguien que quiere aprender, no dictarle a otra gente cómo hacer las cosas. Digo esto porque el movimiento a favor de la independencia de Puerto Rico ha demostrado, en la práctica, su capacidad de movilización al haber logrado liberar a la mayoría—no todos—de sus prisioneros políticos.

No hay un solo movimiento en EE.UU. que haya duplicado este logro—ni siquiera la llamada izquierda blanca. Eso es impresionante.

Entonces, los compañeros y compañeras boricuas tienen mucho que enseñarnos a nosotros acerca de cómo movilizar a las comunidades y de cómo generar una lucha de principios y de unidad amplia en torno a objetivos revolucionarios. Insisto, tienen mucho más que enseñarnos que lo que nosotros pensamos que podemos enseñarles a ellos.

Además, dados los crecientes niveles de agresión mostrados por el imperio, el movimiento de independencia no puede sino calentarse en el futuro. ¿Cuántos jóvenes puertorriqueños se van a incorporar con gusto en el ejército imperial cuando a ustedes se les continúen negando más y más derechos humanos básicos? Cuando el imperio sienta que su dominio colonial le cuesta más de lo que obtiene en beneficios, el movimiento a favor de la independencia crecerá a pasos agigantados.

RRC: ¿Cómo ves el estado actual de la persecución política en Estados Unidos?

MAJ: Cuando se hizo pública la existencia de COINTELPRO—a fines de la década de los sesenta del siglo XX—mucha gente estaba genuinamente sorprendida. El tema estaba en todas las conversaciones. El asunto, por así decirlo, flotaba en el aire. Esto era así todavía a principios de la década de los setenta.

Pero si miras el asunto treinta años después, encuentras que todo lo que se hacía bajo COINTELPRO, en efecto violaciones de la ley, es ahora legal bajo el Acta Patriótica. ¿Qué respuesta ha habido a las revelaciones de que el gobierno escucha las conversaciones telefónicas de todo el mundo? ¿Y ante la intromisión en las comunicaciones electrónicas? Nadie se sorprende.

Es como si la gente dijera: Esto no es nada nuevo, esto ya lo sabíamos. Otros reaccionan restándole importancia o justificándolo en términos de alegadamente prevenir otro septiembre once.

Claro está, las cosas que han estado pasando tienen como escenario el llamado tercer mundo. Pero finalmente, poco a poco, está ocurriendo lo que Malcolm X predijera en su frase “the chickens have come home to roost.” Todas las cosas que Estados Unidos ha venido haciendo en el exterior, están siendo trasladadas ahora de la periferia al interior del imperio.

Y, dada la lógica misma de la globalización, incluso el falso escudo de la piel blanca no continuará protegiendo a la población anglosajona del país, que creció pensando que nunca los tocarían.

La fiebre o histeria desatada por septiembre 11 ha dejado algo flotando en la cultura, como un sentimiento malsano, que todavía está en proceso de materializarse. Es un augurio de que algo verdaderamente malo, poco saludable, viene de camino.

Es importante recordar que Alemania en la primera mitad del siglo XX tenía la burguesía intelectualmente más sofisticada, culta, educada, y tecnológicamente progresista de toda Europa Occidental. Pero nada de eso impidió el surgimiento y desborde del fascismo.

De hecho, si somos honestos, hoy se sabe que ellos (y los racistas surafricanos) aprendieron mucho sobre segregación, reservaciones, y concepciones de “higiene racial” precisamente de los líderes estadounidenses de principios de siglo XX.

En los inicios de la República de Estados Unidos, las clases dominantes en este país—usando mucha retórica de democracia—dieron un vistazo a la historia y seleccionaron un modelo de organización política a su gusto. Dado que acababan de rechazar al Rey, no es sorpresa que se descartara el modelo monárquico.

¿Y qué de la opción de un parlamento? Si bien es cierto que tiene sus críticos, es innegable que hubiera permitido un espectro mayor de representación política que la estructura actual, donde el ganador se queda con todo.

Siendo estudiosos de la historia, los fundadores de la República de Estados Unidos consideraron a Roma imperial, cuyo modelo imitaron al establecer el senado. Pero al emular el Imperio, se han heredado no sólo sus glorias sino también sus defectos. Senados débiles dan paso siempre a poderes ejecutivos desmesurados, soberbios, y altaneros.

En Roma, hay que recordar, fue el senado el que dio a Octaviano el título de príncipe del senado y emperador de Roma. Pagaron por eso. El senado de Estados Unidos dio poderes ilimitados a Bush. Pagaremos por eso.

Por otro lado, si alguna lección se repite a través del tiempo y de la historia es la siguiente: Ningún imperio dura para siempre.

La gente y el imperio son dos cosas distintas. El pueblo, las masas, pueden ir más allá del imperio, trascenderlo. De hecho, como cuestión de supervivencia, no tendrán otra alternativa que hacerlo.